Para Gretel

Jèssica, la mamá de Gretel, perdió a su bebé el día del parto. Ella ha escrito un texto que no he podido resumir. Cada palabra está cargada de emoción y significado. Me siento muy honrada por la confianza que ha tenido en mí. Me pidió visibilizar la muerte como un tema que no debería ser tabú. Aporto la fotografía que para mí resume la sesión que hicimos y su máxima felicidad. A continuación su texto, que es lo más bonito, sincero y desgarrador que he leído en mucho tiempo. Gracias Jèssica.

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» Estar de post parto después que muera tu bebé es una cosa muy extraña. No hay panza, no hay leche y sobre todo, no hay criatura. Los brazos se sienten pesados, a pesar de que el peso de tu hijo, que tendrías que sentir encima tuyo a todas horas, no está. A las espaldas sientes un peso grande y un dolor difícil de explicar. En el pecho, una presión que te ahoga. Vuelves a casa con los brazos vacíos, huérfanos de la criatura que has llevado nueve meses dentro tuyo. Te acompañan los signos más o menos comunes del post parto, pero nada te compensa, porque tu hija no está. La primera vez que te desnudas y te miras ante el espejo es impactante. La panza está blanda y tiene la forma todavía redondeada que tenía antes, cuando era casa y calor por tu criatura. También hay marcas, aquellas que demuestran que has estado embarazada, a pesar de que ahora no estés viviendo lo que tocaría. Las estrías, que te recuerdan a la piel de una tigresa y los pechos más grandes y tintados de una tonalidad especial, más oscuros. La línea alba que cruza de arriba abajo toda la panza, que antes sentías tan tensa.

Esperabas vida pero tienes que abrazar la muerte. Tu cuerpo pide su calor y no puede entender que ya no está aquí. Tus pechos lloran leche invisible.


Cuando tu bebé ha marchado y no puedes tenerlo contigo, no tienes ganas de nada y no te sale cuidarte. En parte, te culpas por lo que ha pasado y no te nace cuidar de este cuerpo que parece que en el último momento, ha fallado. Os ha fallado las dos, a ti y a ella. Ir al lavabo duele mucho y en algunos momentos, te puede recordar en el momento del propio parto.


Un dolor muy intenso aparece cuando tienes que salir a la calle y lidiar con la vida. Tu mundo se ha parado de repente. Todo se congela. Nada es cómo tenía que ser. Pero al mismo tiempo tienes que salir al exterior y ver que todo sigue girando. Para ti, todo se ha parado, todo ha cambiado. Pero fuera es igual que siempre. La gente continúa comiendo, andando y riendo, sigue teniendo conversaciones banales. Ignoran tu dolor. Y aquellos que saben qué te ha pasado, no saben qué decir o dicen cosas que hacen que tu dolor sea algo más profundo.


Algunas personas, por suerte, son como un bálsamo curativo y un solo gesto, una mirada o unas pocas palabras pueden resultar reparadoras y hacer que el dolor sea algo menos penetrante. Son personas que te dan aire. Los primeros días estás en un tipo de burbuja y yo casi diría que fueron mejores que los que vinieron después. Poco a poco la realidad se va imponiendo, todo el mundo te ha dicho que le sabe muy mal pero han pasado unos cuántos días y la gente cada vez lo tiene menos presente.

A ti el día a día se te hace bola. Cada vez cuesta más hacer frente a una rutina que no está siendo como tendría que haber sido. No hay aquella primera vez en que llegas a casa con ella, o en que la estiras en el cochecito para salir a la calle a pasear. Aquella primera noche, la primera de muchas, en que empezáis a compartir cama y latidos piel con piel. Darías lo que fuera por tener grietas o un sueño infinito, como las otras madres. Cuando coges el metro, ya no tienes derecho a sentarte, porque no tienes panza ni tampoco tienes un bebé en los brazos. Estás rota, lloras de rabia, sientes que te has partido en dos pero eres invisible.

Ya has salido de los grupos de pre-parto o de amigas que estaban embarazadas, era demasiado doloroso estar presente en los momentos de felicidad con sus bebés que ellas tenían todo el derecho a compartir. Ves madres embarazadas, y todavía peor, madres que lo estaban al mismo tiempo que tú y que ya han tenido su criatura. Bebés en los pañuelos de porteo, que duermen plácidamente pegados al cuerpo de su madre. Quizás, aquella mujer con la que te acabas de cruzar era la misma que dio a luz en la sala de al lado mientras tú intentabas hacer nacer tu bebé muerto, al que nunca podrías sentir llorar.


En el parque, en la panadería, en la escuela. Madres abrazando la vida, cuidando a sus hijos en cada momento, porteando, dando el pecho.. Madres que clavan los ojos enamorados en sus crías, crías que no pueden dejar de mirar a sus madres. Las miras a pesar de que hace daño. Las escuchas. Intentas respirar un poco de aquella maternidad que están viviendo, tan diferente a la que ahora vives tú. De aquella maternidad que sientes que te han arrebatado de la manera más cruel. Madres.

Veo madres por todas partes. Madres que se quejan de dormir poco, que hablan de qué cansado es dar teta o de lo chulo que es ver los dos hermanitos juntos. Y tú…. tú darías lo que fuera para poder vivir uno de aquellos instantes de los que hablan.


Pero no puedes. Tu vida ahora es otra, muy diferente a la que esperabas, y tu cerebro, tu cuerpo, no lo entienden.. porque estás completamente rota, y te sientes sola. Es como si dejara de existir el suelo que te sostiene. La realidad se confronta continuamente con sentimientos que van y vienen y es como un choque frontal constante.

La gente te dice, » no me lo puedo ni imaginar..» y efectivamente, nadie que no haya pasado por eso sabe cómo te sientes. Este nivel de dolor, vivir una experiencia tan heavy, tan devastadora, por la cual estamos tan poco preparadas, forma parte de otra liga. Te deja una marca para toda la vida.


Conforme pasan los días, el amor y la belleza que has sentido los primeros días de la pérdida, a pesar de que están, es como si estuvieran escondidos, como si no pudieran volver a brotar de nuevo, porque son los otros sentimientos los que te dominan y emergen con más fuerza. Pasa una noche, y otra y te das cuenta que no puedes dejar de pensar. Ella es el centro de tu mundo. Te duermes, agotada, con alguna imagen o pensamiento sobre lo que ha pasado y si, durante la noche te desvelas, es lo primero que te viene a la cabeza. Revives cada imagen, repasas cada cosa que hiciste. La encuentras infinitamente a faltar dentro tuyo. Te tocas la panza y te parece que has podido percibir algún movimiento. Pero no. Es solo una puñetera ilusión.

Cuando te desvelas, no importa si no abres los ojos. Sabes que seguramente, no te podrás volver a dormir. Necesitas una pastilla. Una de aquellas redonditas, pequeñitas y blancas. Ella te ayuda a dormir más seguido, a no despertarte tanto o a no tener sueños tan extraños. Incluso, a veces, parece que hace que te cueste algo más despertarte. Aun así, ella, tu niña, también es lo primero en lo que piensas cuando te despiertes y tomas conciencia de la realidad. La puta realidad que te está tocando vivir. Querrías tenerla contigo, despertarte sintiendo su olor, su balbuceo, percibiendo el movimiento de sus piernecitas.

Querrías sentir la desazón que siente toda madre cuando su criatura duerme demasiado tranquila y necesitamos asegurarnos de que respira. Querrías despertarte con ella enganchada a la teta. Darías lo que fuera por tener que limpiar una bocanada, o cambiar las sábanas llenas de leche, que a veces brota mientras dormimos, y lo deja todo chopo. Querrías mirarte al espejo y hacer cara de zombi porque has dormido poco, tener ojeras oscuras, bolsas bajo los ojos y los cabellos alborotados de dar vueltas y más vueltas en la cama con tu criatura.

Pero no puedes porque no está. No sabes donde está. Le vas hablando, como hacías cuando era dentro de la la panza, pero a pesar de que querrías saberlo, no lo sabes. No hay nada para mimar, no hay ningún lugar físico donde dirigir la mirada, o apoyar la mano. Pero aun así le hablas, le lloras, le cantas… Y recuerdas cuando era dentro tuyo, tan llena de vida y energía, tan movida, tan grande, tan que parecía que, a ratos, te respondía..


Poco a poco la tristeza da a otros sentimientos; la injusticia y la soledad, la impotencia, el enfado con el mundo, la rabia..etc. los » por qué a mí?», los infinitos «y si..». Tu cabeza es capaz de imaginar mil escenarios posibles y piensa en todas las cosas que hubieras podido hacer diferente. Piensas en cómo habrías tenido que hacerlo por no ser exactamente donde estás ahora. Hundida en la mierda. Abriéndote , como puedes, entre los restos del tsunami que ha dejado tu vida completamente devastada y desmenuzada.


Cuando te toca atravesar un luto, los sentimientos no son lineales. El luto no funciona así, no es una cuestión de que pase el tiempo y basta. Es muy importante qué haces con este tiempo. No es que estés cada día algo mejor, sino, vas a la deriva por un camino que no sabes nunca cómo será, porque es totalmente impredecible. De hecho, no hay nada que me recuerde más a una montaña rusa que el luto. La tristeza, el amor, la añoranza, la rabia, la incomprensión, la belleza, la culpa….. conceptos que se mezclan, se retuercen e incluso, a ratos, podríamos decir que cabalgan juntos.

Se abrazan , se separan, se unen, se tapan el uno al otro.. y tienes que aprender a abrazar cada emoción, sea cual sea y venga como venga.


A ratos parece que remontas un poco, que encuentras un poco de luz en la oscuridad, pero al día siguiente todo es gris, oscuro, nada tiene sentido, querrías desaparecer.. El miedo se convierte, de repente, en parte de ti. Cómo si fuera tu sombra, te acompaña allá donde vayas, silenciosa, discreta, pero siempre presente. Te recuerda que la vida es efímera. Que hoy estás pero que quizás mañana no. Y la sientes más intensamente que nunca. Esta es una frase que dicen muchísimas, pero muchas personas, a diario, en conversaciones poco trascendentales. A pie de calle o haciendo un café. La he sentido decir por casualidad, en la conversación entre dos vecinas que hablaban al rellano. Ahora sé que solo si te ha pasado una cosa así, entiendes el sentido real de esta frase.

Hoy estás y mañana no. O lo que es peor, yo sé que hace unos según estabas y ahora me dicen que ya no. Y el impacto es tan brutal que no te lo puedes creer. Tu cabeza no lo puede procesar y entras en estado de shock. «Es imposible, no puede ser». En un segundo, todo se hunde. Y tienes que lidiar con las siguientes horas, semanas, meses.. con una vida que se impone cruel y devastadora, sin tu hija.

Cuando te pasa una cosa así, puedes llegar a tener miedo de todo. Miedo a morirte tú, a que se muera tu otro hijo. Vivías de espaldas a la muerte y ahora te has tenido que enfrentar. Lo estás haciendo muy bien. Trabajas tus miedos y desazones a terapia. Compartes tu historia. La escribes, la pintas, la explicas… La haces también de los otros, abriéndote de dentro hacia afuera, en canal, mostrándote vulnerable y desnuda y al mismo tiempo igual que una diosa.

Eres una diosa que ha gestado la vida y el amor más puro y también que ha parido la muerte. Hablas mucho de ella, miras sus fotografías, su dulce carita te acompaña allá donde vayas. Incluso te llevas su mantita en la bolsa cuando vas a lugares donde era importante para ti que ella estuviera. Cada día le das un beso de buenas noches e imaginas que puede escuchar, como cuando era dentro de la panza, los cuentos que leemos en voz alta. Que seguro que habría reconocido nuestras voces.

Te repites que era una niña muy querida, y miras el entorno que tenías preparado para ella y puedes decir en voz alta que qué bueno que hubiera estado, aquí , con nosotros. Qué vida más feliz hubiera tenido…si hubiera podido. Y así, cada día un poquito más, aprendes a recolocarla.

Aprendes a vivir y de otra forma. Y sabes, que gracias a ella serás una persona mejor. Una madre con una sensibilidad todavía más especial que la que ya tenías. Una mujer más fuerte y con más ganas de vivir y sobre todo, de vivir cosas por ella. Y así, podrás vivir algo más en paz a pesar del dolor de no tenerla en el plan más físico y terrenal. El dolor , poco a poco, dará lugar a cierta calma cuando pienses que pase lo que pase, siempre la tendrás cerca.

Durante 9 meses habéis sido una y así será por siempre jamás. Ella siempre estará contigo, en tu corazón y sabes que siempre le darás las gracias por todo el tiempo que habéis vivido juntas. Gracias infinitas por todos los recuerdos dulces que habéis podido ir creando estos nueve meses y de los que vivisteis cuando nació, a pesar de que ella ya no estuviera. Sabes que este vínculo es por siempre jamás, que las almas de ambas vinculadas por siempre jamás más. Por toda la eternidad.

—- Gretel, mi niña de agua, ya han pasado 34 días y te amo cada día algo más. Y todavía necesito y necesitaré, durante mucho de tiempo, seguir hablando de ti, encontrar espacios, momentos y personas con quién poder hacerlo. De cómo te movías, haciendo súper patadas , de cómo respondías a los estímulos, de los bostezos y sonrisas que hacías en las ecos, de cómo de largas tenías las piernas y que grandes eran los pies cuando naciste. Que las manitas eran pequeñitas, los brazos fuertes, la boquita diminuta y preciosa. Y explicar que seguro que tus cabellos serían rizados, como los míos, cuando crecieran un poco, y tu naricita, igual que la de tu hermano, tu mamá y tu abuelo, la más redonda y bonita del mundo. Que naciste en un parto precioso, muy bien acompañado y que fue bonito. Si, a pesar de todo. Y que te noté salir toda y que lo hice muy bien.
Yo no te olvido, ni querré hacerlo nunca. «

«Nos hicimos estas fotografías para tener un recuerdo por siempre jamás de este embarazo tan deseado. Ahora que no estás, estoy todavía más contenta de haberlo hecho y me parecen un tesoro. Porque formarán también parte de los recuerdos que tendremos de esta historia , que a pesar de que es muy triste, es la que nos ha tocado vivir y es la nuestra. Tú, la Gretel, tenías que nacer en primavera, como tu hermano. Pero las cosas no siempre van bien. Por desgracia, no todos los embarazos tienen el final feliz que esperábamos, y esto es real. Esto pasa poco pero pasa. Tú has venido y no has podido quedarte. Cuando nos hemos podido conocer por fin en el otro lado, piel con piel, tú ya no estabas. Mi niña, preciosa, pura, ligera y transmitiendo mucha paz. Te pude abrazar, mecer, hacer besos y mirar cada rinconcito de tu cuerpo. Di gracias por todo este tiempo que hemos pasado juntas y también por cada recuerdo del embarazo que he podido crear. Y este , sin duda , es uno de muy bonito.»

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